Texto e imagense: Javi Sulé

Entrevista a Andri Zuleny Pegui, excombatiente de las FARC y presidenta de la cooperativa COMAMCE

Andri Zuleny Pegui es la presidenta de la Cooperativa Multiactiva Agropecuaria de Mandivá Cauca Ecomún (COMAMCE), beneficiaria de un proyecto productivo de gallinas ponedoras impulsado por la Associació Catalana per la Pau con el apoyo financiero de la AECID. Esta mujer indígena nasa ejemplifica las dificultades que tienen todas las personas excombatientes que firmaron los Acuerdos de Paz para lograr una nueva vida lejos de las armas. No puede contener las lágrimas cuando recuerda su tiempo en las FARC, lo duro que está siendo el camino en la vida civil o los sueños que tenían cuando firmaron la paz.

El tránsito a la vida civil y el proceso de reincorporación de las personas excombatientes no está siendo fácil. Más de 300 exguerrilleras que le apostaron a la paz han sido asesinadas.

Sí. Nos están matando. Solo queremos que dejen de hacerlo y nos dejen vivir, porque estamos comprometidos con el proceso de paz y queremos sacar adelante los proyectos y el trabajo social con las comunidades. Nosotros dimos la palabra y estamos cumpliendo.

Otros excombatientes que parecían comprometidos con el proceso de paz, en cambio, sí volvieron a las armas.

Ellos tendrán sus razones y no tengo por qué criticarles; cada persona es como es, pero nosotros como organización decidimos seguir luchando por el trabajo colectivo. Y no le hacemos daño a nadie. Solo estamos a favor del cumplimiento de los acuerdos pactados y queremos salir adelante trabajando en conjunto con las comunidades.

¿En tu caso, has estado tentada o te han tentado alguna vez para volver a las armas?

Sí me lo han propuesto, para que no nos dejemos matar como está sucediendo. Pero repito que estamos comprometidos con la paz y dimos la palabra de no regresar a las armas.

¿Te sientes engañada por el incumplimiento de los Acuerdos de Paz?

Enormemente. Desde que se firmaron y empezaron con los cambios y remiendos, ya vimos que no se iba a llegar a buen puerto. Todo fueron siempre palos a las ruedas para no cumplir. Aparte de eso, está todo el tema de nuestra inseguridad.

¿Qué esperanzas tenías cuando se firmaron los Acuerdos de Paz con el Gobierno en La Habana?

Durante la negociación había incertidumbre y miedo, porque la historia nos había demostrado que ya había habido otros procesos de paz en Colombia y siempre se había acabado produciendo esa traición por parte del Estado, incumpliendo sus compromisos.

A nosotros como combatientes nos recalcaron que el proceso no iba a ser fácil y que iban a hacer cualquier cosa para que no surgiéramos. Y así ha sido, con las más de 300 compañeras y compañeros asesinadas desde la firma.

Aun así, sentí una emoción muy grande porque iba a poder ver a mi familia y pensé también que iba a ser muy bonito trabajar con las comunidades de una forma más visible. Había mucha ilusión e ideaba una serie de cosas que después en la realidad no se han producido.

Las FARC como organización siempre visibilizaron una reincorporación colectiva, pero finalmente muchos de sus miembros han acabado buscándose la vida por su cuenta.

Es verdad. Para muchos la ilusión era reencontrarse con la familia y ahora también hay compañeras y compañeros con responsabilidades que tienen ya dos o tres hijos. Como no ha habido una garantía económica ni de seguridad, la gente ha tenido que buscar alternativas para poder sobrevivir.

Es cierto que tenemos todavía una renta mensual que nos facilita el Estado, pero no alcanza para casi nada, por lo que muchas veces nos toca ir a trabajar como jornaleros. Por eso estamos en el afán de ver cómo podemos trabajar en colectivo, afianzando la cooperativa con los proyectos que se van dando a través de la ayuda internacional.

¿Por qué crearon la cooperativa COMAMCE?

Es una iniciativa propia que impulsamos 40 exguerrilleros y exguerrilleras en proceso de reincorporación con la participación de la comunidad tras irnos del Espacio Territorial de Reincorporación (ETCR), porque no había garantías de seguir avanzando ni de poder trabajar tal y como se firmó en el Acuerdo de Paz.

Arrancamos con un proyecto de piscicultura, pero podemos trabajar otros campos como la ganadería o el café. En la actualidad estamos con el proyecto de las gallinas ponedoras en el que contamos con el apoyo de la Associació Catalana per la Pau. Lo impulsamos en un contexto muy difícil, ya que siempre estamos expuestos a las amenazas y al desplazamiento. La idea es que, a pesar de todas las dificultades y de todo lo que nos ha tocado pasar, podamos seguir trabajando y llevar una vida normal. Pero es muy duro.

Unas 3.500 personas en proceso de reincorporación abandonaron los antiguos ETCR para reorganizarse en unos nuevos asentamientos que bautizaron como Nuevas Áreas de Reincorporación (NAR) y que el Gobierno no reconoce oficialmente. ¿Dejar los ETCR fue una buena idea?

En mi caso yo estaba en el ETCR de Tumaco, en el Pacífico colombiano, pero me salí porque tenía a mi familia aquí en el Cauca. Nunca tuvieron en cuenta a las familias. Igualmente, recién se inició el proceso de paz, ya vimos que no iba a ser como uno esperaba, que no había buenas condiciones de vida y que se venían muchos incumplimientos a la implementación.

La mayoría de las personas que nos salimos de los ETCR, o bien nos fuimos con las familias o bien creamos las Nuevas Áreas de Reincorporación, que se sostienen gracias a la solidaridad internacional.

¿Y cómo ha sido esa relación de los excombatientes en proceso de reincorporación con las comunidades?

El momento más difícil fue el de darnos a conocer. Ahora, por las amenazas que recibimos, muchas personas se abstienen de relacionarse con nosotros porque les da miedo, y es normal. Para los que nos amenazan es una forma de dividirnos y de hacer que no pensemos en colectivo ni trabajemos con las comunidades, porque trabajar juntos significaría un desarrollo en el territorio y eso no les interesa.

¿Por qué entraste en la guerrilla?

Yo soy del campo. Éramos seis hermanos y había muchas dificultades económicas y pocas condiciones para salir adelante. En ese tiempo llegaban ellos a mi vereda y hacían reuniones, hablaban del proceso que llevaban y de sus objetivos. Me sentí atraída, aunque para que se les tuviera miedo se decía que la guerrilla era mala, que era violadora, que mataba y hasta que comían muertos.

Cuando ingresé supe de su trayectoria y sus principios. Tenían reglamentos para ser un buen combatiente y unas líneas estratégicas con el fin de tomar el poder para el pueblo. Yo tenía entonces 15 años, pero aparentaba más y mentí sobre mi edad para que me dejarán ir con ellos. No lo podían verificar, porque no tenía documentación.

¿Qué fue lo mejor que viviste como guerrillera?

Aprender a desenvolverme en cualquier situación que se presente y a vivir en comunidad pudiendo ayudar a la gente. Y dependiendo de los jefes, una podía aprender también cosas que le gustaran, como enfermería.

¿Y lo peor?

Haber vivido situaciones de guerra que uno no quiere volver a vivir nunca.

Tuviste un hijo en la guerrilla…

Sí, pero no lo pude criar como mamá porque no podías tener al niño contigo en medio de una guerra. Firmada la paz, me reencontré con él, pero no es lo mismo criar a un niño de pequeño que verlo ya crecido. Mi mamá fue la que crio a mi hijo y con tanto tiempo separados no existe ese afecto de amor hacia mí.

¿Te arrepientes de haber sido guerrillera?

No. Son experiencias que quedan y hubo una parte muy bonita en la que se aprende a convivir como hermanos, a compartir, a llevar la solidaridad como bandera, a trabajar en comunidad. La misma comunidad nos veía como la Ley porque allá nunca llegaba el Estado con inversión social.

Nos veían como ese gobierno que no tenían. Nosotros poníamos las normas de convivencia, hacíamos reuniones y asambleas, donde se decidía si había que hacer una carretera o una escuela y a partir de ahí se miraba de dónde se sacaba el presupuesto para hacerlas y para que los niños no se quedaran sin estudio.

¿Hiciste algo de lo que te tengas que arrepentir?

No. Yo no hice nada malo. Cuando recién ingresé, pasé el curso básico para aprender a utilizar un arma; aprendes a defenderte, tanto política como militarmente, y hay toda una formación para comportarse bien dentro de las comunidades. Después a una le toca hacer de todo, desde cocinar a entrar en combate si es necesario.

En mi caso, prácticamente toda mi vida guerrillera la pasé manejando la radio por lo que solo tenía que ir con el jefe de un lado a otro o seguir a una compañía cuando se trasladaba. Quizá sí que hubo algún compañero que no tuviera control y se saliera de los reglamentos.

¿Sentiste la muerte cerca alguna vez?

Teníamos claro que en cualquier momento podías perder la vida y debíamos estar dispuestos a morir. Siempre se dieron situaciones complicadas cuando había bombardeos y el Ejército asediaba de cerca.

¿Y qué sentiste el día que entregaste el arma?

Fue una dejación, no una entrega. Ese día sentimos una tristeza muy grande, porque siempre fue nuestra compañera, con la que te podías defender. Sentí ese vacío y que con ella se iba parte de mi vida.

¿Eres optimista respecto a un posible cambio en las próximas elecciones que pueda hacer cumplir los Acuerdos de Paz en su totalidad?

No me quiero hacer más ilusiones, pero tarde o temprano el pueblo tiene que tomar conciencia. La gente está despertando para que ese cambio en el país se produzca.

Este artículo forma parte de la serie ‘El proceso de paz en Colombia: la voz de las personas excombatientes de las FARC’.

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